Capítulo 2

Nora y Bram le pusieron Amanda a su hija. Le llenaron el corazón con historias de la Última Ciudad, hasta desbordarlo, como el de ellos. Historias de descanso y alivio, de dejar las armas. Historias que hacían que su miedo, agudizado por el largo camino y sus peligros, se suavizara y desapareciera por un instante. Historias de seguridad.

De momento, La Carabina era su única seguridad.

Habían venido al pueblo solo para pasar la noche. Era un asentamiento medio abandonado con edificios deteriorados, tiendas de campaña y cobertizos. Pero tenían ganado y un huerto para cultivar verduras amargas.

"¿Esto es la Ciudad?", preguntó Amanda.

"No", respondió Nora. Siempre lo decía con tristeza.

Intercambiaron suministros con los habitantes: comida, munición, ropa de abrigo. Cuando los caídos asaltaron el lugar esa noche, Nora y Bram repelieron el ataque junto con la gente del pueblo.

Escondida, Amanda observaba a su madre disparar con La Carabina y veía a los caídos morir con una especie de siseo al salir el éter. Vio a sus padres defender a gente a la que no conocían y a la que no volverían a ver. Ya estaba acostumbrada.

La gente les estaba agradecida. Les permitieron pasar la noche en un establo vacío y hasta les prestaron una lámpara de gas. Era una noche fría y la familia estaba contenta de tener un lugar en el que resguardarse.

Bram racionó la comida y Nora sacó La Carabina para dejarla sobre la paja. Amanda se puso a su lado movida por la curiosidad. Nora observó a su hija recorrer el diseño grabado en el cañón con la punta del dedo. Lo hizo con la reverencia con la que se veneran los objetos sagrados. Nora sabía que eso era buena señal. Significaba que Amanda trataría La Carabina con cuidado, no solo como arma, sino como recuerdo.

"Mi mamá me la dio cuando me fui", le dijo Nora a su hija. Después señaló hacia los diseños florales y curvos del armazón y el cañón del arma. "Pero esos los hice yo".

En su momento, le dio algo en lo que centrarse. La mantenía ocupada cuando hacía demasiado calor o demasiado frío para seguir avanzando. Grabar con cuidado esas formas suaves y delicadas le enseñó a ver la belleza cuando el mundo no se la ofrecía.

"¿Puedo disparar con ella?", preguntó Amanda. Nunca lo había preguntado antes. Bram levantó la mirada preocupado ante la idea, pero Nora solo se rio y le alborotó el pelo a su hija.

"No", dijo Nora con voz amable pero firme. Vio la decepción en el rostro de Amanda con ese tipo de emoción exagerada y devastadora que solo los niños sienten. Cuando eso sucedía, no lloraba, pero a menudo se pasaba varios días mosqueada, hasta que otra cosa captaba su interés y se convertía en su mundo.

Nora quería mantener su atención durante el mayor tiempo posible.

"Puedes ayudarme a limpiarla", le ofreció Nora. "Te enseñaré cómo desmontarla y montarla de nuevo. Igual que esos motorcitos tuyos".

La expresión de Amanda hizo que Nora se diera cuenta de que eso era justo lo que quería.

Desmontaron el arma juntas, la limpiaron, la lubricaron y la volvieron a montar. Nora fue nombrando cada parte y diciéndole para qué servían. Pronto, Amanda terminó sabiéndose cada forma y textura, cómo encajaba cada pieza y el funcionamiento de cada una. Y cómo se combinaban para crear un todo. Amanda absorbía todo con la curiosidad infinita que motivaba cada uno de sus pensamientos y movimientos.

"Lo hacemos cada vez que la usamos", le dijo Bram a su hija. Nora asintió.

"Cada vez que disparo", continuó Nora, "la limpio para que se mantenga como nueva. Así evito que se atasque cuando más la necesito, para que pueda proteger a la gente durante mucho tiempo".

Después le hizo cosquillas en los costados a Amanda, lo suficiente como para que se retorciera y sonriera. Así es como Nora sabía que su hija recordaría ese momento. Bram se rio al verlas y fue a sentarse junto a ellas. Amanda se sentó en su regazo. Nora sabía que un día la enseñaría a disparar, pero, por el momento, quería saborear esos días en los que Amanda todavía era demasiado pequeña como para intentarlo.

"La usamos para proteger a la gente", dijo Nora. "Eso es lo único que importa".

Nora observó a su marido con su hija. Sabía que un día la Ciudad protegería a Amanda. Nora se preguntaba si La Carabina tendría un lugar allí. Tenía la esperanza de que no.