Capítulo 3

"La Luz no es ningún regalo. Te lo quita todo. Te hace olvidar. No solo tus recuerdos. Sino cómo vivir". —Un nómada de la Edad Oscura


Eaton recibió su primer visitante en años.

Germaine observó a los hombres y mujeres provistos de armaduras descender de sus transportes plateados. Eran alzados, seres supuestamente invencibles, y se enfrentaban entre sí en una guerra sin fin en algún lugar más allá de las fronteras de Eaton. Este grupo en particular, los Señores de Hierro, representaban a una nueva ideología y afirmaban luchar para poner fin a la disputa.

Su líder era un hombre llamado Dryden y habían pagado a cada familia de Eaton varios meses de suministros y raciones a cambio de quedarse una semana. Planeaban tender una emboscada a otro de los suyos, conocido únicamente como el Hombre Rojo.

Hacía dos semanas, la supervivencia de Eaton estaba en entredicho. Ahora, gracias a la generosidad de los Señores de Hierro, la pequeña población conseguiría superar el invierno.

Judson, el amigo de Germaine, salió de un cobertizo de abastecimiento cercano y levantó un dedo mientras el grupo avanzaba. Germaine sonrió entre dientes y negó con la cabeza, pero no dijo nada.

"¿Cómo os va?", saludó Judson a los alzados con el dedo en alto.

"Tranquilízate, Judson", dijo Germaine.

"Cierra el pico, Germaine", le espetó Judson sin bajar la mano. "Tu nombre es estúpido, igual que tú".

Con gesto triste, Germaine volvió a negar con la cabeza en señal de desaprobación.

Judson había intentado que los lugareños rechazasen al acuerdo; le había dicho a todo aquel dispuesto a escucharle que él se ocuparía de la comida, que los "fanáticos de hierro" solo traerían problemas. Era muy buen cazador. Probablemente, el mejor de la historia de Eaton: de alguna manera, se las arreglaba para conseguir ciervos, patos y toros en las colinas diezmadas. Pero hasta Judson llevaba meses sufriendo la escasez. Más allá de Eaton, la guerra se había intensificado. Los adultos pasaban hambre para que los niños pudieran comer. No era una situación sostenible.

"Nos quitaremos de en medio enseguida", dijo una integrante de los Señores de Hierro, que saludó a Judson al pasar. Su voz era tan metálica y fría como su casco. Judson escupió y no les quitó el ojo de encima mientras cruzaban el lugar para asegurar varias posiciones ocultas alrededor del perímetro.